
El día que llegamos por primera vez a aquel sitio corría una suave brisa de esas que te permiten distinguir aún más y mejor todos los olores que te asaltan los sentidos. Aún no era tiempo de moscas ni mosquitos y se estaba bastante bien.
Había un gran afán por explorar todo aquello. Grandes habitaciones, ventanas escondidas, caliches a punto de caer y de romper el ecosistema creado por cochinillas y hormiguitas trabajadoras que corrían de un lado a otro, como si siempre fuera hora punta.
A mí, lo que más me apetecía era subir hasta la azotea. Imaginé un camino y me puse a ello. Mi hermano pequeño y mi amigo no dudaron en acompañarme. Para la ocasión, llevaba puesto el chándal con boquete en la rodilla, el de los partidos de fútbol en la plazoleta, así que estaba preparado para aguantar cualquier caída o rasguño.
Corrí hacia la parte de atrás, me siguieron, y encontré aquella misteriosa puerta de madera. Su aspecto desvencijado era incapaz de disimular sus numerosos pintados y repintados. Cada lunar suyo era un relieve hacia su interior y su historia. Puertas que se abrían dentro de la puerta.
La empujé, una, dos… hasta tres veces, cada vez con más fuerza. Pero nada, no cedía. Miré hacia arriba y volví a ver las tejas que coronaban la azotea acompañadas por los lomitos de verdín que las abrigaban.
Mecachis, ¿cómo puedo llegar hasta lo más alto?
Mi hermano y mi amigo me observaban. Entre desesperanzados y burlones a la vez. No me rendí, un nuevo rodeo al caserío fue suficiente para encontrar su punto débil. La trampilla de las gallinas. Me tiré al suelo, me escurrí, repté y accedí al interior de aquel almacén abandonado.
Por fin.
La luz de la tarde era mucho más cálida allí dentro y, mientras me sacudía, observé cómo todas aquellas motitas de polvo iniciaban un baile a ritmo de vals entre los rayos de luz que penetraban por las ventanas y daban al sitio un aspecto mágico.
Todas las motitas luchaban por su minuto de gloria, cruzándose por entre los destellos luminosos, ante la atenta mirada de troncos de madera, grandes candiles colgados de alambres, puertas en desuso, bases de colchones apiladas, tinajas y búcaros rotos, hierros oxidados y un sinfín de utensilios abandonados. Estaban congelados en el tiempo, a la espera de volver a ser útiles algún día.
En tres segundos era yo el que se burlaba de mis desconfiados acompañantes. “Bueno qué, os vais a quedar ahí mirando”. Les gritaba desde una de las ventanas de cristales rotos y sucios y madera carcomida.
Ya dentro, los tres, fuimos avanzando hacia otra puerta. No se escuchaba nada, sólo el ruido de nuestros pasos y nuestras respiraciones entrecortadas. La empujamos y atendió a nuestro impulso.
¡Ala! Millones de cartones de huevos se apilaban y conformaban torres piramidales de papeles grises y rugosos. Parecía un templo dedicado a las gallinitas y los gallos. Ji ji ji, qué risa más nerviosa… y nos dio por comenzar a hacer el ganso.
Saltamos hasta el medio de aquella nueva habitación y comenzamos a batir los brazos, a caminar levantando las rodillas por encima de la cintura y a cantar “co, co, co…”. Parecíamos tres gallos de fiesta luciendo su plumaje.
Pero un momento. Me giré a pie de escalera. El camino parecía tocar a su fin. Unos quince peldaños grises y desgastados anunciaban la llegada a la meta. Anda que… con lo bien que nos lo estábamos pasando… No nos acordábamos de la azotea. Todas las sorpresas del camino habían colmado nuestras más ambiciosas expectativas, habíamos olvidado las dificultades y sólo estábamos a un pequeño tirón de conseguir el objetivo final.
Nos volvimos a sacudir la ropa, nos golpeamos con los puños en el pecho, los unos a los otros, nos miramos, nos encogimos de hombros y nos dijimos, bueno venga, vamos allá.